¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!
Los padres moros de los españoles
Una joven de unos 18 años está desaparecida de su domicilio y la famosa directora de un programa televisivo ofrece indicaciones para colaborar en su localización: “Su cara es de mora porque su padre es marroquí...” En efecto se trata de la hija de un matrimonio mixto, padre de origen marroquí, y madre de origen español. En otro programa con público adolescente, el famoso presentador categoriza a uno de sus invitados como árabe a tenor de “sus rasgos”, aunque su aspecto y castellano no difieran en lo elemental ni en lo aparente de otros jóvenes invitados sentados junto a él... En otro momento de la conversación con este adolescente de padres también con origen español y árabe, queda claro que el presentador conoce el origen paterno del individuo porque él mismo le ha seleccionado para el programa sobre sus datos personales escritos. Ambos presentadores de la televisión, como no, son de cabellera marcadamente rubia. El fenómeno adscriptivo llega a su auxesis en una anécdota que me relata una abogada ya en la cuarentena, pelo negro y tono más bien pálido de piel, cuando tiene que desmentir a un conocido que con decisión y seriedad le afirma que ella debe ser negra, “puesto que ha nacido en Guinea Ecuatorial” en tiempos de la colonia española... habiendo aclarado con antelación esta abogada que nació de padres españoles, los cuales, en virtud de la profesión militar del padre estaban en esa región africana establecidos. Alguien me comenta que, tras haber ido a renovar su pasaporte a una comisaría de Madrid acompañado de un amigo español por parte de los dos padres, una de las funcionarias se dirige a su acompañante al observar en los formularios que el interesado ha nacido en Marruecos, de padre marroquí y madre española; el que de verdad ha nacido en Africa tiene que atribuirse esa condición al ver entre risas que la administrativa del estado cree que es su amigo, de pelo negro y origen perfectamente españoles, el “africano”. Esta situación tiene su continuidad en la calle, donde el “amigo” manifiesta su enfado por la confusión...
Este tipo de estigmatizaciones imaginarias, de preconcepciones delirantes, de razonamientos racialistas zoilos y ramplones, de prejuicios estultos y zafios, están a la orden del día en la Piel de Toro. Lo que nos obliga a los observadores críticos a pensar en el fraude de las adscripciones racistas: no se basan en su mayor parte en el aspecto fenotípico de los individuos, sino en la información suplementaria que el observador prejuicioso conoce en ese momento y que utiliza sesgadamente para, por medio del argumento pretendidamente “contundente” de la clasificación biológica, elevarse en la escala social jerárquica a costa de quien considera en un estrato “inferior” y por supuesto, de manera tácita o irónica para no delatar excesivamente la postura clasista, la cual tras muchos años de conflicto se ha convertido en un tabú de las sociedades contemporáneas, como bien dice E. Gellner. Es perceptible el racismo en la mera mención del origen cuando se efectúa atribución racial o, y, étnica de manera descontextualizada, impertinente: es entonces cuando se puede ver como en una radiografía que la mención no es inocente. El hecho de clasificar no sólo es una falsedad en lo que se refiere a fijar a un individuo en una categoría sin más y en virtud del aspecto imaginario, información elidida, o sesgada, sino que también lo es en tanto que se pretenda que así se asegura una “victoria” rápida y evidente en la interacción social cotidiana, por nimia que sea, en la escala social, puesto que hay connotaciones de status social con esa asignación grupal. ¿Cuántas veces estos individuos de progenitores mixtos están en el más alto status de las sociedades de cualquier país, principalmente donde se verifica una mayor movilidad social e interés por la capacidad técnica efectiva de las personas? Son estos mestizos los que unen en su formación intelectual perspectivas lógicas, datos y saberes críticos basados en fuentes diversas inasequibles a la mayor parte de los “pura raza”. Los recursos de todo tipo que unas sociedades poseen en más abundancia que otros tienen como base el principio de la aceleración difusionista de las producciones humanas en civilizaciones que entran en contacto, conflicto y síntesis. Por esta razón los países más avanzados, a pesar de contar en su seno con la lacra de grupos extremadamente xenófobos y racistas, no pueden prescindir de convertirse en metrópolis de imperios, pues la riqueza está en el intercambio y composición con otros grupos humanos. Los ingleses, franceses o españoles u holandeses deben su alto desarrollo civilizacional a sus razias y componendas, comercio y sincretismos con los pueblos más extraños o exóticos de la tierra, muy a pesar de su tradicional altivez clasista, que sin embargo ha sido puesta en duda por los sectores más inteligentes y progresistas de esas mismas sociedades tan dinámicas. Hasta tal punto esto es así que los mismísimos nazis del III Reich, simultáneamente a que pretendieran esclavizar al mundo entero en un continuum infinito y neurótico de “razas” y “subrazas” humanas en una jerarquía clasista horrenda, no pudieron evitar el expandirse sin freno en coherencia con sus aspiraciones, y al mismo tiempo relacionarse y comenzar a fundirse tan siquiera lo justo como para poder tiranizar a sus súbditos... un grupo ingente de mestizos estaba en marcha, el cual ni las reglas clasistas más fanáticas hubiesen podido parar desde dentro del régimen y la sociedad germánicos nazistas, al igual que el régimen esclavista en la Confederación Americana del XIX ha dado esa ingente mezcla de individuos “afro-americanos” (más valiera decir “afro-euro-americanos). Pero, es que además, estos mestizos, no sólo en el plano social, también aseguran el aireamiento de la sangre, la abundancia benéfica de recursos genéticos para mayor plenitud de la salud física del grupo.
¿Qué se puede decir de los españoles contemporáneos con respecto de la cuestión de la categorización racista? En primer lugar, que el mayor rechazo lo provocan en ellos (los más racistas) los individuos del grupo más íntimamente ligados a su genuino ser. Esos que la mayor parte de las veces denominan despectivamente como “moros”. Los moros. No son, en efecto, los “negros” o los orientales aquellos que más repulsión causan en las filas racistas de los mal llamados (en relación a los árabes) “españoles auténticos” o “puros”; sino los que más similares y asimilables aparecen a su dispositivo discriminador de facciones, a su olfato clasista.
En el esquema mental del español vulgar o corriente (y racista, es decir de mucha gente) no cabe la idea de que un moro posea aspecto mucho más nórdico que un español mismo. En el norte de Marruecos, patria de los rifeños, el color de cabello pelirrojo y rubio, las pecas y el color pálido o rojizo de la piel desprovisto de melanina, se da con mucha mayor frecuencia que en lugares de Inglaterra o Francia, no digamos España. Pero en esos mismos lugares he podido comprobar hasta qué punto exagerado, algunos turistas españoles no eran capaces de asumir ese abrumador detalle (percepción selectiva según la psicología social) y continuaban con su testarudo estereotipo de “africano moreno”: se cree lo que se ve, se ve lo que se cree, decía un famoso etnopsiquiatra. Incluso algún estudiante universitario español de ciencias sociales se refería a los “blancos” del continente africano tomado globalmente como aquellos colonos de Zimbawe o Suráfrica establecidos exclusivamente desde Europa, olvidando las regiones del norte de Africa donde la realidad es diferente. Y viceversa, he podido comprobar cómo españoles “rubios” y con aspecto más bien nórdico (alguna relación debe tener dicha condición con la mitología educativa racista), no reconocían en personajes tan marcadamente nacionales como Francisco Franco a un tipo “racial” representativo de los españoles. O cómo catalanes morenos y mediterráneos eran incapaces de reconocer datos estadísticos oficiales en los que la estatura media de la población marroquí superaba con amplitud relativa a la española. El estereotipo prejuicioso era tan fuerte que no podían concebir que alguien de más al sur fuera más alto que alguien del mítico “norte” (tan “europeo”) español.
El español racista, grupo que en términos reales y no declarados o inconscientes abunda enormemente en la sociedad española, sabe no obstante que su aspecto es sospechosamente similar al del marroquí común. Lo sabe por la constatación directa, y por su reprimida reminiscencia de las enseñanzas históricas recibidas en la escuela, y también por terceros, por la opinión de los auténticos nórdicos que veranean en España o les informan en el exterior. De ahí que exploten estos españoles de manera exhaustiva todos los recursos en sus manos para diferenciarse y elevar un muro de distición interna (psíquica e ideológica) y externa (aspecto) que los separe de los denostados moros. No se trata de una simple neurosis patológica en la cual funcionan las tendencias centrífugas frente al estímulo displicente e inevitable. En este caso se trata de un conflicto psíquico no patológico, sino ético, actitudinal, y de una contradicción ideológica completamente basada en la estrategia y en la volición. Se trata de una disonancia cognitiva, si volvemos a la terminología de la psicología social, por la cual el displacer aparece como consecuencia de la constatación derivada de un hilo reflexivo o de un sistema actitudinal por mezquino e irracional que sea. Es en congruencia con esto precisamente que, allí donde más árabes hay, y porque la historia pasada está más real y míticamente entrelazada con la identidad de la sociedad afectada, donde más racismo y esfuerzos por erradicar la semejanza se comprometen en la tarea por disociarse y “purificarse” del mismo ser sospechoso: Andalucía ante todo, debe parte de su fenómeno anti-árabe a este factor, pero también Castilla central y Cataluña, relativamente más que en el resto de España, junto al factor de mayor concentración demográfica de inmigrantes árabes; y en todas las regiones debido a las diversas formas de explotación capitalista.
¿Cuáles son las motivaciones últimas y las consecuencias de estas actitudes racistas ampliamente extendidas para España? El andaluz xenófobo anti-árabe (sobre todo árabes pobres), el sector castellano decadente y reaccionario, el catalán nacionalista (también los izquierdistas): aspiran fervientemente a alcanzar la idea de “europeidad”, de “nordicidad”. Pretenden, para ejecutar sus designios opresores para con los que pueden explotar, en todos sus actos copiar y asimilarse a los grupos humanos que consideran triunfantes y envidiables, como si realmente fuesen iguales o conocieran esas sociedades, bastante alógenas, por cierto, a sus formas de vida de hecho. Pero también intentan protegerse de la discriminación y la pobreza derivada del sistema de estratificación y explotación mundial, mediante su conversión a lo que consideran signos de identidad y apariencias de los grupos dominantes en el mundo, i. e., los países escandinavos, anglosajones y ricos de Europa. Hasta tal punto la estrategia de asimilación toma cuerpo entre estos españoles nefastos, que, en sus prácticas discriminatorias contra los inmigrantes no nacionales, resuelven en ofrecer una mayor deferencia y consideración a los grupos que representan el aspecto ideal, o el fenotipo modélico externo, pues los asocian biológicamente y simbólicamente, con aquellos otros grupos que sitúan en lo alto de una pirámide de poder y valoración máxima: polacos, rusos, eslavos en general, aún siendo igual de pobres, inmigrantes, eventualmente molestos y desconsiderados con las normas del país de acogida o ignorantes de ellas, en igual grado que los árabes, peruanos o dominicanos lo puedan ser en España, van a recibir un mejor trato, en coherencia con el prejuicio y la falacia absolutos de una mayor atribución de mérito, merecimiento y valoración máxima hacia los nórdicos, anglosajones y demás grupos y fenotipos idealizados que en las mentes de los racistas españoles se asocian estrechamente con el poder y la corrección social.
En la mente de los numerosos españoles racistas, una concepción se instala bien anclada, y es la concepción de sí mismos como formando parte física sustancial (y por supuesto que “espiritual”) de las culturas o las civilizaciones europeas o norteamericanas más poderosas y desarrolladas, incluso ante la lógica expresión de incredulidad y mofa de los ciudadanos de esos países ante la conducta. No es extraño que los nazis españoles, en las ocasiones en que manifiestan públicamente sus ideas, reivindiquen una “Europa blanca” sin darse cuenta de que esto implicaría la salida de Europa de, frecuentemente, aquellos mismos que profieren estas opiniones, de una gran proporción de nacionales españoles y, su eventual substitución por rifeños, kabiles argelinos y de algunos tunecinos, si tal grotesca directiva se convirtiese en mandato de facto.
Pero la peor consecuencia de toda este paradigma actitudinal no es la simple incoherencia y el autoengaño enfermizo y el servilismo ideológico. La consecuencia más grave es que muchas conductas productivas e iniciativas políticas se constituyen en función de objetivos alienantes y notablemente antipatriotas y antiespañoles, con graves perjuicios contra la integración nacional y sus defensas frente al exterior. Los derechistas se pliegan a los anglosajones y en especial al amo idolatrado yanqui; los izquierdistas a los germanos y escandinavos y franceses de la UE: Se trata del problema más grave de todo el asunto aquí tratado que es el de la autoalienación existente en este país. La expresión más elocuente y dañina está en la paulatina ruptura del estado español por regiones o autonomías como Cataluña, Euskadi y Galicia, además de Baleares y otras como la asturiana, donde el profesor Gustavo Bueno ha aportado un tanto de cordura al escarnecer severamente las aspiraciones de los racistas de esa región que desde las instituciones y la vida cultural de la región han promocionado una presunta identidad “escandinava” por vía de la históricamente grotesca fraudulenta invectiva de la “colonización vikinga” de estos territorios y de su falsa “resistencia” a la penetración árabe de sus territorios. En íntima asociación con los procesos de autonomía y construcción nacional de estas sociedades de España, se da sin descanso la idea centrífuga de identificación, asimilación y alianza con las potencias europeas nórdicas, mientras que a los restantes compatriotas se les atribuye cada vez con más convencimiento un vínculo biológico y cultural general con los árabes, con el Norte de Africa, o incluso con los mezquinos fenicios. El charnego y el maqueto, el andaluz que tanto suspira por una identidad nórdica o anglosajona sin confesar querer (ni poder) ser inglés o noruego, es un grupo transicional y mestizo unas categorías por encima en prestigio respecto al árabe con el que comparte origen común: esa es la noción. No es extraño que se repitan los despropósitos racistas hacia estos españoles por parte de sus mismos compatriotas catalanes, vascos, etc., en la misma línea que los racistas de castilla, andalucía, y todos los españoles racistas en general lo hacen hacia los árabes: burdo antisemitismo de la peor especie, esta vez además utilizado por los españoles contra los españoles.
Vagancia, perfidia, homosexualidad de los hombres, promiscuidad de las mujeres, avaricia, endeblez moral y física, baja estatura, deshonestidad, se profieren sin recato por los herederos de Sabino Arana contra los castellanos, y por todos contra los árabes. Pero a su vez y paradójicamente, esos últimos espaņoles tienden a considerar a los vascos, asturianos y catalanes más bien como dechados de pretendida “pureza racial” y raramente devuelven el golpe o protestan por vía simétrica a esas provocaciones. Hay una aceptación tácita y errónea, servil, de los españoles castellanos y andaluces o extremeños, que participan en la ideología racista, en la obtemperación de una relativa superioridad por cercanía geográfica, histórica y legendaria (es decir, mediante la creencia falsa) de vascos y catalanes, etc., y que para todo el conjunto de dichos españoles, recordemos, encuentra su cota suprema en los pueblos nórdicos, anglosajones y germánicos. Un caso matizado es el de los semitas judíos, los cuales cada vez han ido encontrando más aceptación en especial entre los racistas antisemitas moderados en virtud del factor que yergue y dinamiza todo este problema; se trata como no, del poder, del desarrollo y parcial asimilación con Occidente, de las comunidades judías, tanto el alcanzado en Israel por ese estado militarizado como por su destacada influencia en tanto que minoría en EEUU, potencia mundial, y en otros lugares del mundo. Porque esa fuerza, la del capital y las armas, es lo que vincula a los grupos serviles y racistas a otros grupos humanos alógenos a costa de su propia autodestrucción como grupo desarrollado, libre y autónomo.
En España esta autodestructividad grupal (la faceta más horrible de la autoalienación, la que no se limita al delirio ideológico) está debilitando seriamente al estado español. Separatismo como extensión del asimétrico desarrollo productivo de la sociedad española, clasismo, racismo, de unos contra otros. Desprecio (salvo lo que da dinero para el turismo y aún), ocultación, destrucción y expolio del legado histórico arqueológico y monumental de la España íbera, fenicia, griega, latina (¡muchos españoles no se consideran latinos!), árabe y musulmana, hebrea, cuyos tesoros se malvenden y arruinan, o no se protegen de la rapiña de los europeos y anglosajones; ello en comparación con los yacimientos celtas, de escasa importancia relativa pero promocionados exageradamente por las autonomías agraciadas. Y todavía peor, el comercio, la industria, las fuentes de subsistencia y los recursos de la península se están poniendo a disposición de esos amos despóticos del norte de Europa por una razón ideal muy sencilla: porque es el precio de la tan deseada asimilación a esos países, el precio de poder estar junto a los poderosos, de recibir sus migajas, y de que al menos los más retrógrados y antiespañoles puedan recibir una limosna que sí les haga parecer anglosajones, mientras engañan y compran a la mayoría con los fondos de cohesión, para arrasar el progreso autónomo de este país, España. No han encontrado mejor aliado estos expoliadores de la UE, las potencias que tanto denuncian que con su dinero se ha construido la España moderna, que estos sectores que se pliegan empujados por su complejo de ser español y latino y descendientes de moros, por el desprecio a sí mismos y su ignorancia servil, además de por la limosna miserable que el amo nórdico les tira en la escupidera.____ [Portada.]
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